domingo, 20 de julio de 2008

EDUCACIÓN Y NEOLIBERALISMO

EL SER Y EL DEBER DE LA EDUCACION
COMO PROBLEMA DE ESTADO

Gustavo Tabares Ramírez

Actualmente nos encontramos con una serie de expresiones que se naturalizan en el discurso y multiplican por los diversos campos del conocimiento, la cultura y la sociedad. Hoy es frecuente hablar del triunfo del capitalismo, la globalización de la economía, el auge del neoliberalismo. Pero a estos conceptos hay que abordarlos en un marco teórico explicativo y por ello mismo, son conceptos sistémicos, pues cada uno se entiende en relación con los demás.

Estos conceptos enmarcan y justifican todo el proceso de reformas educativas que se está llevando a cabo en nuestros países, inspirado en el modelo neoliberal que adquieren un carácter trasnacional, y ajusta el sistema educativo a la lógica de un mercado manejado por las grandes corporaciones trasnacionales. Pero además estamos convencidos de que independientemente del enfoque a adoptar, para analizar este período del capitalismo tardío, éste no es la última alternativa, la historia no concluye con él, y mucho menos es el fin de las ideologías.

En contra de estas ideas, que quieren legitimar y convertir en hegemónicas por parte del neoliberalismo, es que tenemos que luchar por construir una propuesta alternativa ante las políticas de recorte, ajuste y privatización de lo que consideramos derechos sociales indelegables del pueblo. Seguridad Social, Salud y Educación.

A propósito de globalización y neoliberalismo, se nos repite incansablemente, que vivimos en un planeta globalizado, en una economía-mundo, en la que los Estados Nacionales casi se han disuelto y han perdido sentido de la soberanía nacional, sería –según esta visión- el único mundo posible en el que terminó la historia, entendida como algo diferente al capitalismo, en el que terminaron las clases sociales, el imperialismo, las ideologías, y en el cual aún subsisten rezagos del pasado, condenados a desaparecer como los sindicatos, y en el cual habría que aplicar la única política económica posible.

Una primera propuesta surgida de la ideología globalizadora es que han perdido sentido las fronteras nacionales y que las economías no son el referente adecuado para entender esta economía-mundo. Si ha perdido sentido las economías nacionales, entonces se ha quedado sin base de sustentación económica propia el Estado-nación y resulta cuestionado el concepto y el ejercicio de la soberanía nacional en tal vital esfera.

El manejo de la economía nacional no puede hacerse entonces si no es sometida a imperativos globales no surgidos del consenso, sino de la imposición de una realidad que se afirma es la única posible.

A propósito del neoliberalismo, se nos repite que el mercado lo resuelve todo de la mejor manera, que el Estado es inepto e ineficiente por naturaleza y siempre lo ha sido y lo será, que todo debe ser privatizado para alcanzar el supremo objetivo de la eficiencia.

La globalización, sin duda, es un hecho objetivo, pero no es cierto en modo alguno que sea un proceso absolutamente nuevo, ni que equivalga al triunfo universal y definitivo del capitalismo ni a la cancelación de las reformas revolucionarias ni de las contradicciones entre clases sociales o entre países.

Es ciertamente un proceso objetivo, como una nueva etapa de un antiguo proceso de internacionalización de capital, que ahora se encuentra asistido por los grandes avances tecnológicos en comunicaciones, en el transporte y los medios de trasmisión de información.

El fax, el correo electrónico, la aviación a reacción, los grandes medios de comunicación, transporte y transmisión de datos, constituirán los emblemas actuales de ese proceso de globalización como fenómeno objetivo, con base en profundos cambios tecnológicos y que tiene como resultado la existencia real, hoy día, de economías más interpretadas, más cercanas, mejor comunicadas e integradas en una red financiera y comercial trasnacional, red que ha sido tejida por las empresas transnacionales y sus colosales dimensiones de poderío actuales.

Sin embargo, aún reconociendo el carácter objetivo de la globalización; aún reconociendo los cambios en la base tecnológica que en ella tienen lugar; y aún reconociendo que no tendría sentido una oposición a la globalización per se, no podemos tampoco dejar de tener en cuenta, que la globalización que existe y avanza, es aquella que transcurre bajo el predominio de la política neoliberal, de manera que hoy hablamos, no simplemente de la globalización como un proceso objetivo como base en la vocación internacional del capital y en los cambios tecnológicos, sino en la globalización neoliberal que es un modelo ideológico y práctico, forma de manipulación ideológica que domina y provoca graves efectos, y que nos provoca a unirnos.

Esta globalización neoliberal ha sido y continúa siendo como un huracán que ha caído sobre el planeta, afectando a todos los países en mayor o menor grado, y creando unas economías y sociedades cada vez más excluyentes y polarizadas.

Quizás sea útil ver algunos rasgos económicos y sociales de esta globalización neoliberal, tomando simplemente a modo de selección entre muchos otros posibles.

En primer lugar apuntar, que en la misma medida en que la globalización con predominio neoliberal se ha impuesto, la economía mundial ha ido creciendo de una forma más lenta. De tal manera, que el crecimiento económico o el aumento del pastel prometido por la ideología neoliberal, en la práctica ha resultado ser todo lo contrario. Si entre 1950 y 1973, el producto a nivel mundial creció a un ritmo de casi 5%, ya entre el 74 y el 80 decreció hasta 3,5% entre el 81 y el 90 creció solamente 3,3% , y en los recientes años, durante los años 90, ese ritmo de crecimiento fue sumamente bajo, de solamente 1,3%.

En condiciones de crecimiento cada vez más lento, el neoliberalismo postula la guerra para acaparar una parte creciente de la riqueza existente, más que fomentar riquezas mediante inversiones productivas en nuevas áreas. Junto a este crecimiento económico cada vez más lento, aumenta la desregulación, o en otras palabras, aumenta el dejar que el mercado funcione de manera incontrolada, irrestricta, y esa desregulación tiene lugar en los planos monetario, financiero, comercial, y también laboral, por cierto. Y, junto a estos dos fenómenos de crecimiento más lento y aumento de la desregulación, aumenta la especulación en la economía mundial.

Sobre la base tecnológica e interactuado con ella, ha ocurrido un enorme crecimiento del comercio mundial, de los movimientos internacionales de capital y, en especial del capital en forma financiera, a ritmos mayores que el crecimiento de la producción o de los indicadores productivo-materiales o de servicios que conforman la economía real. La llamada burbuja financiera, formada por la especulación en títulos de valor, les ha dado el sello tal vez más característico a los últimos 20 años de la economía mundial con su vertiginoso crecimiento. Esto ha llegado a acuñar el calificativo de economía de casino para designar a esta desenfrenada especulación financiera, alimentada por la desregulación y el aperturismo en tanto expresiones de la oleada neoliberal que, con sus matices nacionales, ha invadido la economía mundial y conquistado posiciones de mando en las políticas económicas. Entre los años 1950 y 1990 la producción mundial creció 5 veces, en tanto que el comercio mundial lo hizo en 11,5 veces.

Pero aún más revelador es que en 1970, el 90% del capital empleado en transacciones internacionales era real, mientras que al finalizar en 1995 dicho capital no iba más allá del 30%. Según cálculos del Harvard Business Review, por cada dólar emanado de la producción y el trabajo productivo, circula en la economía mundial entre 30 y 50 dólares surgidos del mercado financiero que giran en la rueda de la economía de casino.

Los depósitos bancarios se calculan a nivel mundial en más de un billón de dólares, pero circulando en la circuitos especulativos existe una fabulosa suma que duplica la anterior y que da cuerpo a esos llamados capitales golondrina que se mueven a gran velocidad sin reparar en fronteras nacionales. Ellos acuden allí donde concurren condiciones favorables a la especulación, crean una frágil ilusión de modernidad y se fuga masivamente al primer signo de reducción de ganancias o posibilidades más beneficiosas en otro escenario. Al ocurrir en México el asesinato del aspirante presidencial Luis Donaldo Colosio, se fugaron de ese país más de 4 mil millones de dólares en solo 24 horas.

Es, por tanto, el capitalismo financiero y, en particular la especulación financiera exacerbada por la desregulación, el signo distintivo de la globalización de la economía mundial. La globalización del mercado financiero es una realidad, pero lo es también la volatilidad, la inestabilidad que representan enormes masas de capital moviéndose erráticamente, sin regulación efectiva, y con enorme capacidad destructiva como para poner en crisis a economías nacionales y gobiernos en pocas horas. También es cierto que este proceso, por lo cual se separan cada vez más la masa del capital especulativo de la base productiva real, tiene límites y no asegura buena salud para el sistema.

Es la especulación desenfrenada, unida al culto a la competitividad en el mercado, competitividad que a su vez se basa en el desarrollo tecnológico. De esta manera, el culto a la competitividad lleva a la innovación tecnológica a costa del empleo, de la seguridad social, del ingreso, de las conquistas sociales, de los derechos de la mujer, etc.

Los agentes que operan e impulsan la globalización son las empresas transnacionales. Ellas son las arañas que han tendido las telarañas del mercado financiero globalizado, de la interpenetración de las economías penetradas por ellas, de la supuesta economía sin fronteras, para mover el capital mediante la planeación a escala global en persecución de la máxima ganancia.

Los ingresos anuales de las 500 mayores empresas trasnacionales fueron, en 1994, mayores en 50% que el PIB de los Estados Unidos; 10 veces mayores que el producto de toda América Latina, y 25 veces mayores que el PIB de Brasil, la más grande economía latinoamericana.

Se ha globalizado el discurso y la política económica neoliberal, a tal extremo, que se ha erradicado el debate sobre conceptos y modelos de desarrollo diferentes, que fuera tan rica en los años 60 y 70, y hoy, prácticamente, no escuchamos más que el monólogo del pensamiento único e incluso, en no pocos casos, se ha logrado que las victimas piensen en los mismos términos que los victimarios.

Encontramos en nuestro mundo actual, sólidas reputaciones de buen estado de la economía y experto manejo de la política económica, en países donde un pequeño número de ricos se alzan sobre capas medias que desaparecen, y en su mayoría se suman al polo de los muchos pobres, que son cada vez más.

Se ha llegado a aceptar como normal, e incluso hasta necesario y estimulante, una tasa de desempleo que hubiera escandalizado a los economistas orgánicos del sistema, como Adam Smith, David Ricardo, el propio Keynes, etc., que postularon el pleno empleo, como cumplimiento de la vocación progresiva del capitalismo, y que hoy ese propio sistema acepta como normal y hasta estimulante, tasas de desempleo realmente altísimas, de 10% o aún más.

Se ha llegado igualmente a clasificar a los países en rápidos y lentos. Estos últimos, los lentos, serían incapaces de insertarse en el mercado mundial, y por lo tanto, a los efectos de la teoría neoliberal ortodoxa, resultarían sobrantes para el sistema.

Es la primera vez en la historia del pensamiento económico y social, que se proclama abiertamente a millones de seres humanos, como por ejemplo, casi toda el África Subsahariana, como sobrantes y carentes de sentido, futuro, o espacio en la economía globalizada actual.

El avance de la globalización neoliberal marcha de la mano con el avance de la pobreza y la polarización social.

Quizás, las grandes distancias entre la teoría y la realidad del neoliberalismo resulten especialmente significativas en lo que se refiere al mercado de trabajo, en lo que se refiere al establecimiento de niveles salariales y en lo que se refiere a la existencia y el papel de los sindicatos.

¿Que dice el discurso neoliberal sobre el mercado de trabajo? Dice que como todo mercado, siempre se deberá llegar a un precio de equilibrio que será el salario, que consistirá en el punto en que los compradores no podrán pagar más, y los vendedores no podrán cobrar más y en que todos quedarán satisfechos.

En cuanto al papel de los sindicatos en este planteo neoliberal se deduce que en ese perfecto equilibrio del mercado de trabajo, no debe intervenir ninguna fuerza extraña al mercado y a la libre decisión individual para elegir entre trabajo u ocio, por parte del trabajador. De manera que los sindicatos resultan ser un factor distorcionador, antinatural, porque tratan de establecer salarios no dictados por la libre acción del mercado.

Hoy día nos encontramos con una serie de argumentaciones elaboradas por los técnicos del neoliberalismo, que son tomadas por los gobiernos nacionales como recetas que se deben cumplir al pie de la letra para encontrar una respuesta técnica a la crisis en que se encuentran inmersos los países latinoamericanos. Este conjunto de reglas y fundamentos son considerados como “la verdad” indiscutible, a la que hay que aceptar y respetar como la única manera de ingresar al “primer mundo” y gozar de los beneficios que ello acarrea.

En realidad, son un conjunto de argumentaciones, que el discurso neoliberal presenta como la verdad, con el propósito de afianzarse y presentarse como la única posibilidad que tiene la humanidad de salir de una crisis que a nuestro criterio adquiere la característica de crisis civilizatoria.

Neoliberalismo y educación

Con relación a estas argumentaciones, aparece la educación como un campo problemático, atravesando por esta crisis, cuestionado y criticado desde diversos lugares. Y con esto el diagnóstico de tinte negativo, que en general se realiza desde la mirada neoliberal en relación al sistema educativo, se legitiman una serie de medidas presentadas como soluciones –que adquieren el carácter de mágicas, pues están muy alejadas de la realidad concreta de los docentes y alumnos- para terminar con el mal funcionamiento del sistema educativo, para superar la crisis, pero desde una perspectiva eminentemente técnica.

Para el modelo hegemónico, existen una serie de problemas que se constituyen en ejes fundamentales de la crisis y con relación a los cuales propone una serie de estrategias a seguir, coherentes con una visión neoliberal y que a la vez se pretende globalizar al conjunto de América Latina sin respetar las diferencias nacionales y regionales.

El primer problema que se plantea es el relacionado con el mal funcionamiento de la educación superior y que lo resumen con la frase gastar mal en educación. Algunos funcionarios gubernamentales han llegado a sostener que gastar mal es una inmoralidad, es un acto de corrupción.

La naturaleza retrógrada de esta política fue puesta de presente en el debate del Plan Nacional de Desarrollo del anterior gobierno, que se discutió con el Congreso Nacional y donde se hicieron algunas formulaciones sobre la financiación estatal de las Universidades públicas con base en una revisión de la Ley 30 de 1992 para que la asignación de recursos por parte de la nación se efectuará a través de indicadores de eficiencia, cobertura, calidad y desempeño financiero, eliminando de esta forma el régimen legal.

Un argumento esgrimido para modificar la estructura de financiamiento de la educación superior, lo sintetizó en su momento el entonces Ministro de Hacienda Juan Camilo Restrepo quien, refiriéndose al presupuesto nacional, no dudó en afirmar que la Universidad Pública se había convertido en uno de los sectores de amenaza creciente para la estabilidad financiera de la Nación, o en un detonante de la expansión del gasto, que genera presiones explosivas sobre el gasto público y uso irracional de los recursos. Pretendiendo, así, una universidad con una estructura condicionada a las leyes de la oferta y la demanda, cuyas premisas fundamentales están asentadas en los criterios de rentabilidad, eficiencia y productividad.

Resulta concluyente que la revisión de la estructura de financiación de la educación superior, bajo el principio general de cambiar la financiación de la oferta por el subsidio de la demanda, no busca otra cosa que la eliminación progresiva de la financiación estatal para someterla al libre juego del mercado y sustituirla por la autofinanciación, base fundamental de la privatización de las universidades y pilar de la política neoliberal.

Desde la perspectiva neoliberal la crisis de la educación superior refleja, básicamente, la incapacidad gerencial de los Estados en garantizar una administración eficiente de los servicios sociales. En tal sentido, el sistema de educación superior funciona mal no porque falten recursos, sino porque falta una mejor administración de los recursos disponibles. El desafío es claro (al menos para los neoliberales): un gerenciamiento más eficiente de las partidas presupuestarias existentes puede permitirnos superar la improductividad de la universidad. Este diagnóstico que realiza el modelo neoliberal es parcialmente cierto ya que nuestros gobiernos no solo gastan mal, sino que además gastan cada vez menos en educación, esto ha sido la consecuencia de los efectos que además los señores del neoliberalismo de hoy son los funcionarios y dirigentes del pasado, que comenzaron a mal-gastar los dineros públicos. Si existen responsables de que esto ocurra, son ellos mismos y no el pueblo o los docentes a quienes se le echan las culpas.

El segundo eje de la fórmula para salir de la crisis, según este modelo que estamos criticando, está centrado en: Los principales responsables de la crisis de educación superior son los profesores porque están, mal formados, trabajan poco y abusan de sus privilegios. Este postulado se pretende presentar ante la opinión pública como un simple razonamiento, pues se presenta como natural al hecho de que si la Universidad está en crisis, se debe a que los responsables del proceso educativo (profesores) están trabajando mal, o sea, no saben cómo trabajar, o saben poco. Pero además y desde esta misma perspectiva basada en la competencia individual, el mérito personal, el esfuerzo aislado y el sálvese quien pueda, se legitima en esta responsabilidad de una mala formación es un asunto que compete, pura y exclusivamente a los profesores.

Exime de cualquier responsabilidad al Estado y a los dueños de las instituciones de educación superior, y propone esfuerzos individuales para superar la situación. Haciendo una comparación, es como decir que los pobres son pobres por vagos e irresponsables y que la culpa de ser pobres es responsabilidad exclusiva de ellos mismos.

Pero en realidad, el docente de hoy no tiene la culpa de la crisis, todo lo contrario, es víctima de los múltiples trabajos que debe desempeñar, del deterioro salarial, de la precarización del empleo y las malas condiciones de trabajo. O sea, que no es una condición psicológica individual que la determina el deterioro de la educación superior y la pérdida de la calidad, sino que, en realidad, son las condiciones generales de trabajo que tiene que padecer el docente, el principal factor que interviene en un complejo entramado de las múltiples causas que sobredeterminan la crisis.

El tercer eje está planteado para los neoliberales como: la educación está mal porque no se vincula con las necesidades que formula el mundo del trabajo. Aquí la esencia de la discusión está en que el neoliberalismo confunde el concepto trabajo con el empleo, en muchos planes de estudio aparece esta confusión. Por un lado, se pretende preparar para el mundo de trabajo, mundo que está en pleno proceso de atrofia, y por otro se pretende que la educación se adapte a las demandas de un mercado laboral y aceptarlo tal cual, sin pretensiones de modificación o cambio de las condiciones imperantes. Al tenor de este enunciado, es el mercado en sí mismo el que necesita del desempleo, la exclusión social, la desigualdad, la discriminación y la marginación, como condición para mantener las posibilidades de sometimiento y explotación propias de un modelo donde se ha derrumbado el Estado Benefactor.

La situación se torna aún más grave cuando, tras superar la infinidad de obstáculos que le impone el modelo neoliberal elitista y excluyente, el estudiante logra terminar sus estudios y obtener un título profesional y se tropieza con la realidad social del desempleo o, en el mejor de los casos, con la vinculación a un mercado laboral que ofrece bajas remuneraciones, largas jornadas de trabajo sin prestaciones sociales y ninguna estabilidad laboral. Todo lo cual termina por sumir al nuevo profesional en un ambiente de desesperanza.

Nuestra tarea es revelar esta realidad que el neoliberalismo presenta como natural, o como algo que irremediablemente tiene que suceder, y construir una propuesta alternativa que nos permita cimentar una sociedad organizada democrática y con condiciones igualitarias.

En cualquier debate técnico sobre los conceptos aparentemente opuestos de Estado y de mercado hay que comprender que lleva implícita una óptica política. Hasta cierto punto los Estados son, y deben ser, responsables y representativos, los mercados no lo son. Es decir que la crisis de los Estado latinoamericanos, del Estado colombiano, que se hayan fragmentado por grandes fallas en su formación, no significa que no existan muchas organizaciones populares, grupos de presión que han desarrollado una serie de mecanismos para reclamarle a este Estado toda una serie de derechos.

Esos grupos de presión no están acostumbrados a reclamarle al mercado, a no ser que hagan parte de aquellas elites que manejan el mercado. Se le reclama al Estado y estamos acostumbrados a eso, independientemente de cual sea la concepción frente al Estado, liberal, neoliberal, cepalino, keynesiano o socialista. Todas estas posiciones le han reconocido al Estado su función de garantizar una serie de servicios: seguridad, educación, salud, etc.

Pero además de estas reclamaciones de la lucha que veníamos dando por las reivindicaciones y el reconocimiento salarial, los docentes universitarios debemos consolidar otra lucha paralela, una lucha cultural. En contra del modelo que ve al ciudadano como un consumidor, en contra de la desigualdad, de la impunidad, del individualismo, de la creciente brecha entre ricos y pobres, y en contra de un sistema que globaliza tanto el crecimiento económico como la pobreza, tanto el desarrollo tecnológico como la destrucción de recursos naturales, tanto las posibilidades de progreso como la pérdida de la identidad cultural de nuestros pueblos.

Este es el marco de la sociedad posmoderna, en el cual proponemos rescatar y fortalecer aspectos como el respeto a la pluralidad, la igualdad, los valores democráticos, humanos, científicos, sustentables y éticos en los que creemos y por los cuales estamos dispuestos a trabajar en la educación y en la vida. Consideramos que como nunca existe hoy la posibilidad tecnológica de resolver los problemas de salud, vivienda, alimentación, educación y seguridad y, sin embargo, la injusta distribución de la riqueza pone a estos adelantos cada día más lejos del alcance de nuestros pueblos.

Redefinir cual es el papel de la universidad está muy bien en este momento, pero tengamos en cuenta que dentro de unos pocos años la demanda por la educación superior se va a incrementar. El 85% de los jóvenes entre 7 y 15 años se encuentran cursando educación primaria y secundaria, de modo que ante esa futura demanda hay que dar una respuesta. ¿Y que respuesta le vamos a dar desde la universidad? Pues eso es lo que necesitamos discutir precisamente, diseñar unos pensums, unos currículos medianamente flexibles que permitan darle acceso a la educación superior a los estratos medio, medios bajo y bajos.


BIBLIOGRAFÍA:

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- TABARES R., Gustavo. América Latina, Globalización y Bloques Regionales. Bogotá. Hojas Económicas.
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